Whisper, Alberto Duque López

Agosto 4. Homenaje al querido "tigre" Alberto Duque: Novela inédita Mírala mirarte (Whisper) bajo el seudónimo Artemio Cruz. (150 cuartillas).

BAÚL DE MAGO
                                    EL SILENCIO DEL TIGRE
                                                                                    Roberto Burgos Cantor

Cuando murió José Viñals, escribí para encontrarle cauce a las lágrimas. Intenté, una vez más, convertirlas en palabras. Me sorprendió la esquela pública con la cual Alberto Duque López la glosó: Ojalá cuando muera alguien escriba así sobre mi.
El deseo que los vivos piden para ser cumplido en el tiempo de la muerte tiene la fragilidad de cuanto escapa a la voluntad personal. Como las líneas de Alberto llevaban un significado doble: homenaje radical al artículo del amigo, y extraña premonición, le respondí con el exorcismo de una broma.
No hay compromiso más cruel que aquel cuyo origen es el amor.
Por esos días Duque López corregía una novela. El personaje monologa con una red de pensamientos que pretenden atrapar todo. El texto tiene la gracia en la sintaxis de sus primeras narraciones, el riesgo de las rupturas temporales, las metáforas de secreta poesía, y su enamoramiento constante: el cine. El hombre de esta novela se está muriendo. Nada extraño: no dejamos de morirnos. Pero el anuncio de una proximidad era excepcional.
Traté a Duque López durante 43 años. Temprano tomó la decisión de vivir para escribir. En el salto al vacío (¿para qué brincar a lo lleno?) se encontró con dos figuras. La de su padre: sorprendido. La de Álvaro Cepeda Samudio: retador, cómplice. Por lo general el padre se hace voz cuando el hijo ejerce la autonomía. El cómplice se hace exigencia para templar la voluntad de habitar en un vacío que dura siempre, es requisito de la creación.
Con los años Alberto escribiría unas páginas, publicadas por Alberto Navarro en la revista del ministerio de Comunicaciones, bellas y estremecedoras sobre el vínculo con el padre de sangre y el padre intelectual. Según Eligio García Márquez es uno de sus escritos memorables. Me pidió que se lo hiciera saber.
Al repasar con desconsuelo melancólico el destinos en el arte de mis cercanos, hallo en Alberto una entrega a hacer la aventura con su máquina de escribir. A veces la perdía en los embates de la necesidad que nunca afectaron su moral. Gozó los momentos de abundancia y esperó sin amarulencia a que se fueran los períodos de sequía.
Recuerdo los domingos sin teléfono y el lejano rugido del Campín cuando llegaba al Centro Urbano Antonio Nariño. Allí vivia yo con la pequeña Bernal, embarazada, en las residencias universitarias para estudiantes. Él llegaba al último piso encima de los árboles y a poca distancia la carrilera del tren y la vieja locomotora resoplando entre el sol de un poniente incendiado. Traía los periódicos del mundo, un radio, la novela que leía y una bolsa con panes de la pastelería Verona y pastas de El cisne.
Algunos años iba a Bogotá en el avión de las 6 de la mañana. Nos encontrabámos en las salas de proyección junto al Faenza o encima de El Cid y veíamos una película tras otra hasta las 10 de la noche en que salíamos felices y atontados de imágenes y el estómago lleno de rositas de maíz, cocacolas y emparedados. Tanto cine nunca le hizo olvidar el primer asombro cuando vió en su Barranquilla, con Álvaro Medina, Los cuatrocientos golpes. A cada una de las actrices que lo enamoraron las buscó en las calles de la realidad.
El film ha acabado. Nadie me indicará las novelas negras que él descubría. Hasta Serendipity, amigo.






Me llegó de Julio Olaciregui enviado por Sonia Burgos Cantor (muy real esta semblanza):


Recordando a Duque López
Ahora estoy aquí oyendo al músico Isaac Albeniz dos días después de tu partida al infinito, viejo “tigre”, así nos decías para esconder la ternura con la sonrisa estirándote esos labios de músico mulato, ahí tenías tu seducción de hombre de la casa, tras los anteojos, las sienes crespas de brillantes hilos plateados, tu ser sólido, “buena papa”, perdonen la confianza, siempre nos reíamos con los juegos de palabras, utilizando frases dichas por las muchachas o por Guillermo Cabrera Infante.
Te conté acaso que me vi dos veces con el enormísimo cronopio Julio Cortázar  aquí en París, adonde tu entusiasmo sin medida por el mundo de Rayuela me empujó quizás a venir después de haberme iniciado contigo a comienzos de la década de los 70 en El Heraldo de Barranquilla y El Espectador de Bogotá.

Te vi por primera vez en la Librería Nacional de nuestra ciudad, cuando funcionaba en la carrera Veinte de Julio.
Llegaste ahí una tarde vestido con guayabera blanca, discreto, tú, el famoso autor de “Mateo el Flautista”, flotando en el potente aire acondicionado de la librería, entre los estantes, hurgando, sopesando libros, ibas a buscar tus revistas, quizás a reunirte con Alvario Barrios, Julio Roca Baena o Alvaro Medina, a veces te comías en la cafetería un helado de mandarina o una tarta de manzana...
 ¿ y quién te entregaba los  Cahiers de cinéma, le Nouvel Observateur o Time?... Nuestra inolvidable amiga Isabel Aldana

Gocé mucho esa época contigo, con esa forma de ser tuya, tu humor, tu pasión gargantuesca por las lasañas, por  el cine, por la literatura, se veía que gozabas a fondo la vida como si lo cotidiano fuese una película de  Antonioni llena de aventuras urbanas, vivías conectado casi en permanencia con el poderoso mundo de lo imaginario, con el mundo de Bergman o Buster Keaton, Francis Ford Coppola, Steinbeck o Dostoieswky
 
Recuerdo tus manuscritos inéditos, sobre todo “El tigre engorda en octubre”, hojas y hojas mecanografiadas con pasión, con desparpajo –tiempos primitivos y heroicos  sin computador, sin máquinas eléctricas-- cuando salías del periódico ibas directo a casa a escribir –vivías entonces con tu gran amor, Alix, y los dos pequeños, Rocamadour y Olga Helena, en el barrio Paraíso Porvenir;nunca fuiste parrandero ni barranquillero “arrebatado” por el baile
 
Tu hogar era un refugio lleno de libros con suave música y anchos cortinajes y yo de joven principiante veía lo que era la vida de un escritor, de un soñador obligado a ser periodista. Disfrutábamos mucho con los generosos almuerzos
 
En la redacción de la antigua sede de El Heraldo, en el centro histórico, a un costado de la Plaza Colón, detrás de la Iglesia San Nicolás, te encargabas de seleccionar los “cables” –las noticias de las agencias—para la página internacional, redactabas las leyendas de las fotos, diagramabas... También, sobre todo, escribías críticas de cine, armabas a veces suplementos
 
Un domingo en la tarde soltaste un grito al cortar la tira de papel en los teletipos : había sido hallado el cadáver de Pier Paolo Pasolini, asesinado a golpes en las afueras de Roma !
 
Otra mañana nos dejó temblando la noticia del golpe de Estado a Salvador Allende
 
Me llevaste a proyecciones especiales de la diez de la mañana  para ver antes de su estreno películas como “El cuchillo en el agua”, (Roman Polanski) “La naranja mecánica”, (Stanley Kubrick), “Don’t look now”, (Nicolas Roeg), “Las fresas de la amargura” (Stuart Hagmann) , “Five easy pieces” (Bob Rafelson) , “Carnal knowledge” (Mike Nichols), “Trabajo clandestino” (Jerzy Skolimowski) y tantos otros clásicos del cine contemporáneo
 
Nuestro reino era el centro de Barranquilla, cine Colombia, el Paseo Bolívar, Murillo, Veinte de Julio, San Blas, por ahí andábamos a la una de la tarde buscando un restaurante chino para comer arroz preparado  a la manera de Cantón con camarones fritos y verduras,
Tu andabas siempre con novelas de Truman Capote o Norman Mailer, libros de cine y agendas y cuartillas con tus cuentos, recuerdo ese título, “Perdóname Paloma, no lo volveremos a hacer”.
 
A veces nos íbamos al Restaurante y Heladería El Mediterráneo, en la calle 72, diagonal al Estadio de basket Suri Salcedo, a comer un arroz con pollo, o subíamos donde Gustavo Cogollo, que nos deslumbraba con sus fotografías de la Guajira y sus cuentos y proyectos de revistas postmodernas
 
Otro día inolvidable fue cuando me presentaste a Roberto Burgos Cantor en la redacción del Heraldo. Fui testigo del cariño con que se trataban y de aquel permanente y fructífero intercambio de bromas y datos literarios, informaciones y chismes sobre actores y escritores, bien podía ser la inminente llegada de Marlon Brando o de García Márquez a Cartagena, o una reedición de “Las palmeras salvajes” (Faulkner) en la traducción de Borges.
 
Pese a la distancia seguimos enlazados por la amistad, por el recuerdo de aquellos años de formación en que me transmitió  el amor por los libros, por el puerto de Barranquilla, recuerdo que escribió un artículo en El Heraldo cuando publiqué mi primera novela, “Los domingos de Charito”.
 
La última vez que lo vi fue en la Cinemateca de Bogotá, hará unos diez años. Ese día presentó la proyección de “A bout de souffle”, de Godard, a un público en el que había muchos jóvenes que lo admiraban...
 
 
Julio Olaciregui, París, junio 30 de 2010

De Con-Fabulación
Final del juego: Alberto Duque López
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Murió en Bogotá, después de una vida consagrada al periodismo, el cine, la literatura y la abstinencia etílica, Alberto Duque López, el dueño de una pluma traviesa llena de sugerencias y lírica picardía. Fue miembro de número de la secta colombiana de los cortazarianos, así quienes lo encontraban en el camino no lo sospecharan nunca, pues su estampa algo convencional distaba mucho de lo que la imaginación otorga a los cronopios. Profesional disciplinado, meticuloso coleccionista de libros, filmes y películas, el barranquillero gastó sus ojos y su juventud en la oscuridad de las salas de cine, mientras los otros escritores de su generación andaban de farra en los bares.
Pero, pese a su fe apolínea Duque fue un tipo de excelente humor, un gran conversador y un cálido orientador de creadores imberbes. Podría considerársele un clásico de la crítica cinematográfica, la que ejerció sin pausa durante más de cuarenta años, y a la que dio un carácter subjetivo. La más inolvidable de sus páginas es, sin lugar a dudas, la que mantuvo durante la década del setenta en el magazín cultural de El Espectador, y donde, además de reseñar toda clase de películas, orientó el gusto de los lectores comunes, indicándoles el nombre de los más grandes realizadores del Séptimo Arte. Duque fue quizá el primero en hablar entre nosotros de monstruos como Lina Wertmüller, Fassbinder, Pedro Almodóvar o David Linch.
Su obra de ficción fue galardonada con el Premio Esso en 1968. Mi revólver es más largo que el tuyo, El pez en el espejo, Muriel mi Amor, Marlon Brando: el hombre y el mito y Alejandra son algunas de las invenciones que dejó el artífice para la posteridad. Final del juego.

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