Ese silencio, Roberto Burgos Cantor

Marzo 9. Roberto Burgos Cantor, Ese silencio. Presenta Sonia Burgos.

Febrero 17 de 2011. 
Noticia de El espectador 

Roberto Burgos Cantor, coronado

El escritor cartagenero recibió como homenaje un tradicional tocado. Ya han sido coronados William Ospina y Rafael Campo Miranda.

Un inmenso tocado, de la tradicional danza del Congo Grande del Carnaval de Barranquilla, se ha posado sobre la cabeza del escritor cartagenero, Roberto Burgos Cantor. Su trabajo con las letras, sus cuentos y novelas entre las que se cuentan ‘Ese silencio’, ‘El vuelo de la paloma’ y  ‘Patio de los vientos perdidos’ lo han hecho merecedor del tocado literario de las artes en el primer día del Carnaval de las artes de Barranquilla. Con su cabeza más pesada que de costumbre y con la algarabía que caracteriza este encuentro caribeño, Cantor leyó un texto que tituló ‘Un Retorno’, para corresponder “a tan loca coronación”. El Espectador reproduce el sentido discurso.  

Un retorno

Roberto Burgos Cantor

Era impensable para mí que un día el torrente azaroso de los años me volvería a traer a este solar donde se preservan imágenes de esas que en lugar de gastarse hasta la invisibilidad, otro nombre del olvido, echan raíces y se arraigan en la memoria donde arrojan sentidos a lo ancho y largo del tiempo de la existencia.

Quién podría entrever que aquella corriente de vida tumultuosa que llegaba al borde de la melancólica y fatal admonición de la cuaresma, con tantos seres que cada año gozan la libertad de escoger una identidad que alimente los sueños amarrados del deseo o exorcice los incumplimientos del destino, se uniría al ejercicio de pensar y dialogar con máscaras, desnudeces, por los vasos comunicantes de las expresiones del arte.

En ese chorro de ímpetu sin cauce, con un ritmo que salía de las entrañas silenciosas del alma descuidada, con el pretexto de las notas de los tambores y los clarinetes, los saxos y las gaitas sordas, todavía no intervenidas por Juancho Nieves, las teclas de los pianos de cola sacados de las salas de espejos, cortinajes, lámparas que nunca se apagaron y aire intacto, y ahora puestos sobre viejos chasises o armazones de balineras con sus intérpretes que vestían la tristeza irresuelta de Chopin o la inquietud imparable y traviesa de Mozart; allí, en ese torrente, fundando un vuelo, entre calderas del viejo Hieronimus Bosch y la delicada reverencia a la punta de la estrella como salto de salto funámbula, iban: las marimondas sin breque, los payasos fugados, los piratas anclados en tierra, los tripulantes del submarino alemán que encalló en Puerto Colombia, los que cambian su sexo por unos días, los domadores de elefantes, los curas en licencia, las monjas concupiscentes, y un muestrario extenso de cuanto oficio virtuoso o libertino asumimos los seres humanos en la insaciable y, a veces, equívoca aventura en este planeta.

Eso había.

Aquí, a la Arenosa, nos traían en un paseo de premio por buenas acciones a los niños escolares desde Cartagena de Indias. Salíamos de las mismas de la historia; de los desánimos de la emancipación; de los consuelos sin virtud de las religiones; de la ruina injusta, a la visión palpable de la modernidad. Nos llevaban al muelle de concreto cuajado y de hierro que retaba al oleaje del Caribe y soportaba los vientos de huracán loco y obligaba a los niños a llegar al extremo amarrados a una cuerda de ancla. Íbamos por avenidas amplias, sin adoquines ni aguas negras, con aceras y separadores donde florecían los matarratones y los flamboyanes. Comprábamos chocolates importados en tiendas con escaleras eléctricas y de clima artificial. De pocos conventos, de escasos campanarios, un mundo empezaba. Sin los lastres de la gloria, esa vanidad inútil, oía el empuje del río de la Magdalena al final de su curso.

Ese universo se instaló en mi infancia como un espacio de renovación en competencia con mi cangrejera natal. Los encarnizados partidos de béisbol que mantenían los radios encendidos en los pretiles y los patios con la respiración contenida hasta la exhalación o los gritos del último lanzamiento y el último bateador en el último inning, ponían carbón en las rivalidades.

Eso había.

Después se sale sin aviso de la infancia. Los poderes de la inocencia son los que transforman la dureza del mundo en un paraíso íntimo, capaz de ponerle zancadillas a la maldad. Cede la gravedad al empuje de una fantasía que permite vivirla.

Entonces aparece, sin anuncio y sin aduanas, el laberinto de los días, el mundo como un dolor, la conciencia de los demás, el tiempo como medida y fatalidad.

Es una edad sin rutas, toda aventura, libre de itinerarios, en la cual se realiza la tentación Caribe de irse de la luz para iniciarnos en los misterios de las lejanías. Esta luz del Caribe que incendia los sueños y hace reverberar las nostalgias. En esa edad, quizá, aprendimos en Barranquilla el primer rito en esos años vacíos de ceremonias. Vinimos con Eligio García Márquez. Él compró un libro de física atómica del profesor Oppenheimer, yo, las Odas elementales de Neruda.

Desprovistos de invocaciones y gestos, nos fuimos a una de esas quintas que parecían diseñadas para guardar los vientos del mundo, de salas amplias y ventanales del piso al techo en medio de un parque y con las modificaciones que los chinos hicieron por fidelidad a sus palacios y sus pagodas. Almorzamos en una de las terrazas. Hasta allí llegaron cinco gitanas con sus faldones de ruedos trajinados y con sudores viejos, decididas a decirnos los escondrijos del futuro y las suertes agazapadas en el presente cercano. Una de ellas empalideció y no quiso decirle nada a Eligio, pero le rompió un pequeño retazo de globo en la cabeza.
Le dijo que se cuidara, y todas se fueron parloteando en lengua antes que pudiéramos darles unas monedas. Al atardecer nos embarcamos en el planchón de motores asmáticos y el casco y la cubierta de láminas deterioradas por los golpes del agua y las escaras del óxido. Mientras la luz huía vimos por única vez flotando en el lomo de las aguas terrosas los animales que poblaban la pintura de Noé León.

Eso había.

El tiempo, el obstinado, que arropó mi infancia y las primeras estaciones de la juventud, sopló más tarde con persistencia. Colombia volvía a vivir una de las respuestas devastadoras a la utopía de la libertad y el estatuto de igualdad alentados por tantos jóvenes. Sufría entonces los acoquinamientos de un orden cuyo argumento único era la autoridad,  el ejercicio de un mando sin consenso ni mandato. Mi padre, un maestro de por vida de la Universidad de Cartagena, sufrió persecución. El ámbito de tolerancia de la academia quedó sometido al dogma y a sus simplezas ilusorias. Como si la vida pudiera ser reducida a una lista de reglas.
Nunca supe qué me llevó a decirle: vete para Barranquilla, este territorio donde por años él acudió cada amanecer de los sábados a estudiar con los artistas de la Escuela de Bellas Artes, Delfina Bernal, Arrieta, y tantos otros, y a hablar de la novela moderna con Alberto Duque López, con Álvaro Medina y con Guillermo Tedio.

Ya aquí vivían sus sobrinas, las Jiménez Arrieta, y la más cristiana de sus hijas, mi beata Beatriz, quien con una generosidad propia de su condición de franciscana dejó su apartamento bien provisto y se fue al desierto de la Guajira para que yo lo habitara y resolviera los cuentos del libro que salvó mi vocación literaria y mi vida, Lo Amador. De esto han pasado treinta y un años.

Recibí el consejo afectuoso de don Germán Vargas y la atención crítica de Carlos J. María y de Ariel Castillo. Y me fue abierto para siempre el portón de Cayena por su guardiana Zandra Vásquez. ¿Quién pide más?

Eso había.

Hasta estos días en que la imaginación sin fronteras de Heriberto Fiorillo, con esas convidaciones de la amistad que se tornan conminación, me tiene aquí. Está viva la imagen de una tarde bogotana de luz lechosa, pesada, en que decidió tirar su carrera exitosa en la televisión y el cine para volver a Barranquilla. Me dijo que allí, acá, recuperaría los jalones de su escritura, que se iría a las orillas de Puerto Colombia, que ya sabía lo que Álvaro Cepeda Samudio nos enseñó a todos y de lo cual la Tita da testimonio a quien quiera oírla, y que era suficiente un Land Rover para atender los cierres nocturnos de un periódico y las mañanas exigentes de un cuento o de una novela. Pocos años antes lo había hecho el entrañable Rafael Salcedo, quien aportó a nuestro lenguaje la bella palabra de revolufia. Heriberto Fiorillo, el Fiori, como le gritamos quienes lo queremos, o el Fioripai, como le susurran en sus sueños, tomó la mejor de las decisiones: venirse con Claudia Muñoz quien no hace más que incitarlo a que en un juego siempre hay que batear jonrones.

Sólo a este hombre se le podía ocurrir que las falsas distinciones y distancias propias de los cultos a la solemnidad y del desprecio a la diferencia, constituían un artilugio de la dominación y la injusticia. Que el carnaval no sólo representa la conmovedora justificación de los confesores de parroquia: una fugacidad para expulsar mediante el desborde irresponsable, el demonio de las contenciones de la imaginería que nos habita, el impulso de desnudez, la exhibición de secretos suelta de censuras. No, también es algo esencial que pocos han visto: el descubrimiento de quiénes somos. El despojo de pretextos. Su búsqueda requiere de estos ensayos de libertad sin multas ni calabozo, sin formato previo.

Y ese sepultado elemento, la libertad, sustancia común del carnaval y del arte, la esquiva libertad por la cual estamos muriendo y padecemos desde el paraíso perdido, es la que ha llevado a Heriberto, a Fiori, a proponer y realizar la vivencia artística como un introito al carnaval. El carnaval es ahora para las artes, no una reflexión, sino una vivencia donde esto que les cuento es una comparsa más que se agarra a la cintura de los de Disfrázate como quieras de Ramón Illán Bacca quien me ha aceptado entre sus compinches.
Y así, queridos todos, Efraím Medina, mirón como yo desde lo alto de las paredillas, va mi gratitud por este escaso don de la vida, la alegría. No duden que mis desfallecimientos tendrán desde ahora un amuleto para contrarrestarlos: el Congo Literario de las Artes. Y el entendimiento que esta coronación me enseñará que el único dominio posible es el que resulta de mandarse a sí mismo para insubordinarse cada vez hasta llegar al cadalso.

Gracias y gracias.

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